En el resplandor del valle de Paucarbamba, el del campo florido, de pájaros y flores, se labra la tierra y se amasa la harina de trigo, que descansa en el pan nuestro de cada día. Tras del muro de la soledad crece el cedro y se agiganta con los años, cubierto de barba y sueños truncos. A ese cedro maestro y luchador de mil batallas, se le acabó la sabia y cae al soplo del huracán y al inclinarse rompe el aire, cae en su tierra y su golpe nos hace estremecer a quienes nos nutrimos de su docta sapiencia y su nómada locura.
Claudio Cordero Espinoza, aún palpita en las aulas universitarias, en el pensamiento universal y en recto proceder de sus pupilos y de quienes se rodeó en su sendero de vida. Su Cuenca amada es deudora de los múltiples beneficios al preclaro maestro. En mi diáfano sentir por su partida, ofrendo mi admirativo tributo a su memoria, atreviéndome a resaltar en este humilde y pequeño trazado, su vida larga y fecunda, en los límites estrechos de este artículo.
El cansancio de la vida y los dolores recibidos, es una exigencia de supremo descanso que no fenece ni pasa. Su cuerpo se fatigó y se devuelve al seno de la tierra de donde procede, su espíritu toma bríos buscando el infinito. Claudio Cordero Espinoza siguió buscando a su amada hija Silvia, oculta entre las ramas del fulgor de la vida. Fui su alumno, su amigo, su oidor de relatos, viajes y penas acumuladas. Con Claudio emprendimos la lucha a favor de los perjudicados del feriado bancario. Nuestras dilatadas tertulias de filosofía y política, aterrizaban en la mesa de su departamento, con una caliente agua y yerbas de la tierra. Fui lector de sus creaciones poéticas, que solía compartir en su red social. Es necesario sumergirse en la profundidad de la vida y la muerte me decía, y que en cada paso que damos, se entrecruzan las musas de lo infinito.
Evocaba a la soledad como una amiga amable, en su universo poético y enigmático. Navegante de los mares dulces y amargos, clamaba equidad y justicia con sus inclaudicables convicciones ideológicas. El hombre raro, firme y convencido, también se sumergía en su sollozo, como cuando me contó que su hermano Jacinto, el poeta empezaba a transitar el sendero de la muerte. Volverá el maestro, el poeta y el incansable pensador, en cada recuerdo, en cada anécdota y en cada lucha. Desde esta mi pequeña trinchera, levanto mi voz y prolongo su dilatada valía, en cada plaza, en cada esquina y en cada aula. Hasta siempre maestro de maestros y soñador de sueños. (O)